Había permanecido en letargo, sin saber durante cuanto, ya que el concepto tiempo era sumamente relativo aquí; podían haber pasado desde siglos hasta míseros segundos que habrían parecido toda una eternidad. Durante aquel tiempo su única compañía había sido el frío y su idioma el silencio. Observándolo todo desde la tranquila omnisciencia, todo aquello era ajeno a su existencia. Dolor, nostalgia, soledad… las grandes derrotas, no conocía la derrota, pero por ende tampoco la victoria.
Nunca había clavado las rodillas en tierra yerma pidiendo misericordia, pero tampoco se había alzado, con orgullo, vehemencia y euforia, hasta donde mueren las estrellas.
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