martes, 11 de diciembre de 2012

Bramaba el cielo clamando tormenta, tempestad que rugía como una fiera enfadada y hambrienta, como si los dioses estuvieran en plena guerra en aquel firmamento grisáceo.
En el mundo terrenal se sentía la ira de los cielos en forma de miedo, como si se fuera a derrumbar el infinito sobre sus cabezas. Las gotas de lluvia chocaban contra la piedra, la atmosfera inundada con el olor a humedad.
Un lobo huargo guardaba tumbado los pies de su cama, como Cerbero custodia la puerta al Inframundo, nunca estaba de más que una bestia así resguardará su espalda en un mundo de infames traidores.
Yacía ella pálida cual cadáver, una piel de apariencia fría, pero al tacto calida como mil soles. Ojos negros, como abismos insondables por los que me precipitaba, poseía la mirada más viva que había conocido nunca. Pelo azabache enredándose como sombras en su cuerpo. Hija de la noche.
Acariciaba al animal como si de un perro domestico se tratase, ella no sentía miedo en la tormenta, no tendría que temer cuando la oscuridad llegase. Hasta el color de su pintalabios resultaba siniestro.

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